En el verano de 2014, Luca Fusco, de 10 años, lanzó una botella de vidrio de Coca-Cola, vacía, en el Estrecho de Long Island. Dentro había una nota, escrita con lápiz y fechada en el ángulo superior derecho. Lo hizo sin imaginar que tocaría las vidas de extraños y que se convertiría en un regalo que sigue flotando. 

Después de descubrir una botella mexicana en el supermercado local de Stratford, Connecticut, Luca pensó nuevamente en el proyecto para su clase de arte "Mensaje en una botella". Y decidió lanzar el suyo a la deriva. El mensaje sólo decía: “Quisiera ver dónde terminará esta botella”. Junto a su padre, quemó los bordes del papel, para que viera más antiguo y un día de agosto se dirigió al muelle que estaba cerca de su casa de playa y la lanzó al mar. “Yo quería que se fuera muy lejos, tal vez a Long Island... el lugar más lejano donde pudiera llegar.”

Cuatro días más tarde, recibió un correo electrónico de una mujer en Stratford. El Día del Trabajo de 2014, Nina Lesiga salió a dar un paseo por la playa cuando vió algo verde que brillaba en la línea de marea alta. En sus caminatas, Nina ha encontrado todo tipo de tesoros escondidos en las algas y la arena. Pero la botella era algo inusual, estaba sellada con un corcho y había una nota dentro, entre los cristales de mar y las conchas. Ella siempre había soñado con descubrir un mensaje en una botella en la playa, pero nunca creyó que la encontraría. Sin un teléfono o una cámara a mano, no tenía manera de capturar el momento. Y se dio cuenta de que no quería abrir la botella sola. Miró a su alrededor a ver si habían otros bañistas cerca. “Mi primera reacción fue compartir la experiencia” dice. Por lo mismo, se aproximó a un grupo de personas con quienes la abrió. El momento fue un intercambio de felicidad entre Nina y un grupo de desconocidos.

Unos días más tarde, le envió un correo electrónico a Luca. Si bien la botella viajó menos de un kilómetro, ninguna distancia podía disminuir la satisfacción de que alguien la hubiera encontrado.

“En este mundo impulsado por la electrónica, es inspirador saber de un niño que pasa su tiempo libre sin tecnología”, dijo Nina, quien decidió mantener esta "cadena de felicidad" en movimiento. Así que escribió un segundo mensaje y lo metió en la botella, junto a la nota original de Luca.

Semanas más tarde, Dennis y Denise Eylers caminaban por la playa en Port Jefferson, Nueva York. A la pareja le gustaba buscar cristales de mar y objetos de valor. Y ese día, clavada en medio de las algas, vieron una botella de Coca-Cola.

Estaba llena de agua, pero las notas enrolladas en su interior estaban intactas. Muy emocionados, la llevaron a su casa, pero no pudieron sacar las notas, que ya habían adquirido la forma curva de la botella. Tuvieron que quebrarla y así descubrieron las notas. Nina recibió un correo electrónico con la palabra "botella". En él venían adjuntas copias escaneadas de las dos notas originales. En el mensaje le explicaban que les interesaba regresar la botella al agua, pero que debían esperar por mejor tiempo. Cuando llegó el momento, Dennis sacó de su contenedor de reciclaje una botella de la campaña "Comparte una Coca-Cola", y metió las tres notas en su interior, junto a algunos cristales de mar. Luego de atarle a la botella una cinta a su alrededor, la puso a navegar, una vez más.

“En el Estrecho de Long Island se dan corrientes raras; hay sitios donde el agua da vueltas y vueltas en círculos para siempre. Tal vez quedará enterrada o podría aparecer en unos años. Pero creo que alguien la encontrará”, dice Dennis.

“La felicidad se puede encontrar temprano por la mañana en la playa. Esta es una historia de cómo la reutilización de una botella de Coca-Cola ha conectado a extraños y ha traído felicidad a muchos”, reflexiona Nina, quien asegura que la botella le ha enseñado a tener sueños más grandes.

“Él no se da cuenta de cuánta alegría ha traído a los adultos. Esto levanta el ánimo de la gente y les da esperanza de que las cosas que pensás que no van a pasar, te pueden pasar a vos. Es un niño, por lo que no tiene noción de todo el efecto”, concluye Trish Fusco, la mamá de Luca.