En las veredas y plazas del centro de Asunción es habitual ver a diario vendedores de Coca-Cola junto a sus conservadoras portátiles. En verano, es fácil identificarlos porque a su alrededor se concentran quienes buscan paliar los estragos del calor paraguayo con una refrescante bebida.

Doña Dominga Medina Céspedes es uno de esos vendedores. Junto a su marido, lleva más de 30 años ofreciendo Coca-Cola en la emblemática Plaza Uruguaya del microcentro asunceno, junto a la antigua estación de ferrocarril. Cada mañana, su hijo la acerca desde su casa para que instale su carrito y su conservadora con forma de gran botella de Coca-Cola.

A primera hora de la mañana, los repartidores de una empresa subcontratada por Coca-Cola –Paresa, embotellador de la Compañía en Paraguay, visitan a Doña Dominga para llevarse los envases retornables de las bebidas que fueron consumidas en la jornada anterior y dejar los productos para vender ese día.

Así, en una rutina que ya lleva décadas, la mujer saca sus banquetas y se sienta en la vereda junto a la verja del parque a la espera de clientes.

El negocio, sostén de la familia

"Mi marido tiene muchísimos clientes. Antes cuando llegaba la tardecita cruzábamos a vender a la Facultad, así que tenemos muchísimos alumnos que nos siguen comprando", explica Doña Dominga. Al comienzo del negocio era su marido quien se encargaba de las ventas, pero ahora su mujer tomó el relevo, aunque su marido la acompaña parte del día.

“Él empezó con una canasta de Coca-Cola y así el negocio fue creciendo. Cada día más vendía, unos días mucho y otros no, y de acuerdo a la venta iban creciendo nuestros ingresos", recuerda Doña Dominga, sentada bajo la sombra de uno de los lapachos que flanquean el lugar. "Ahora tenemos muchísimos clientes fijos", afirma.

Doña Dominga destaca que en los comienzos de su emprendimiento familiar, el dinero que se generaba servía para pagar la educación de sus tres hijos. "Hemos criado a nuestros hijos, han estudiado, hemos comprado para nuestras necesidades: para nuestra casa, para todo lo que es necesario en una familia", explica.

La jornada avanza y el calor de enero en Paraguay no da tregua, pero ella, atenta desde hace años a sus clientes, no duda en interrumpir la entrevista para atender a las personas que se acercan a su puesto para refrescarse con una Coca-Cola, una Sprite o una Fanta. "Siempre vienen las mismas personas. Hay días que me compra gente que yo no conozco, pero mayormente vienen los clientes de todos los días", explica.

Esa relación cotidiana convirtió a Doña Dominga en una amiga de sus clientes: a todos los saluda y los trata con cariño maternal. “A los clientes hay que tratarlos bien para que compren, porque si no no vienen más", comenta entre risas.

Con la llegada del atardecer, Doña Dominga se prepara para volver a casa: junta los envases de vidrio retornables que entregará para su reutilización, cierra el carrito con ruedas, pliega la sombrilla, guarda la conservadora con forma de botella de Coca-Cola en una librería en el interior de la plaza, y se encamina al hogar para cenar con su marido y descansar. Mañana será otro día, y la encontrará como siempre en su puesto para ayudar a los asuncenos a combatir el calor con una Coca-Cola.