Debajo de unas casitas en forma iglú, construidas por los pobladores de Areguá, se esconde una historia de resiliencia, perseverancia y amor. Allí se desarrollan los proyectos de El Cántaro Almacén de Arte, donde se vende y se promociona arte popular e indígena, y de El Cántaro BioEscuela Popular.

Joe Giménez es la hacedora de todo este universo, quintaesencia del conocimiento. Siempre supo que su vida estaría vinculada con la producción artística, pero primero debió derribar el mito que considera el contacto con el mundo de la creatividad como un pasatiempo superficial y no una manera de sustentarse en la vida.

 “Con mucho esfuerzo pude ingresar al Instituto Superior de Bellas Artes, donde empecé a saciar mi sed y mi amor al arte; pero me di cuenta de que lo que estaba buscando no era un arte personal, sino algo más trascendental, quería trabajar por la gente”, aseguró.

“Cuando terminé la facultad gané una beca de especialización en Bellas Artes en Francia. Pero al llegar allí decidí cambiar de carrera por otra llamada Mediación Cultural, que en el Paraguay no existe. Estudié la intersección entre el arte y la gente en comunidades conflictivas. Cuando me tocó escribir mi tesis lo único que hice fue cerrar mis ojos e imaginar el lugar que me hubiera encantado que existiera”, reveló.

Aquella semilla que nació en Europa encontró tierra fértil en Areguá y terminó por germinar como El Cántaro BioEscuela Popular. Con la valentía de los que no temen a los desafíos, Joe empezó ofreciendo talleres gratuitos en la calle. Fue en ese momento en que los ideales que cultivó durante toda su vida confluyeron con la realidad y pudo demostrar la gran influencia positiva del arte en personas que viven en contextos vulnerables.

“La educación popular se puede definir como una labor diseñada para fomentar el sentido crítico de sus participantes y para permitir que tomen conciencia de cómo las experiencias personales de un individuo están conectadas con problemas sociales de índole más generalizada. Se trata de dotar de herramientas intelectuales a los participantes para que puedan actuar y cambiar la sociedad”, destacó Joe.

“El Cántaro Almacén de Arte”, el lugar donde conviven distintas obras de artistas de Areguá.

 

De la calle a una casona  

Tras deambular por las calles con sus cursos itinerantes, Joe se propuso crecer: alquilar una antigua propiedad y refaccionarla para ampliar los cursos y montar una biblioteca, una sala de cine y otra de computación.

El proyecto pronto encontró un gran obstáculo, cuando el dueño de la propiedad decidió triplicar el alquiler. En lugar de bajar los brazos, Joe y su compañero, Gustavo Díaz, duplicaron la apuesta: “Vamos a comprar un terreno y edificaremos una casa de barro, como lo hace el hornero. ¡Areguá es barro, Areguá es arcilla!”, coincidieron.

“No nos dimos cuenta de que todos los papás de nuestra comunidad dominaban la técnica del barro, entonces involucramos a toda la comunidad. Construimos una bioescuela agradable y estética con mínimo impacto ambiental, empleando técnicas tradicionales y ancestrales, en forma de tatakuá (horno de barro), hechos también con materiales reciclados”, describe Joe.

El objetivo de esta tarea fue doble: tener un lugar propio donde realizar los talleres y actividades de la escuela; e involucrar a la comunidad para el aprendizaje de una bioconstrucción.

En esta escuela, que se sustenta a través de donaciones y de la venta de obras de El Cántaro Almacén de Arte (donde se exponen cientos de obras de arte, que Joe selecciona de artistas de la región), se ofrecen talleres de grabado, percusión, guitarra, teatro, tallas indígenas, serigrafía, cerámica utilitaria, entre otros. El impacto positivo de este propósito sigue su efecto multiplicador y, además de ser un modelo imitable, está cerca de conseguir su certificación como Empresa B.

La escuela popular “El Cántaro”, un espacio donde la comunidad de Areguá aprende oficios y distintas artes.