Elías Benítez toma un tereré mientras cuenta su historia de vida a Journey. Estamos en las oficinas de los que hoy son sus amigos, los responsables de la Fundación Po, una organización sin fines de lucro que fabrica prótesis en 3D a bajo costo y quienes, sin lugar a dudas, cambiaron radicalmente su vida.

Oriundo de la localidad de Luque -cerca de la capital paraguaya-, Elías estudió carpintería y ejerció ese oficio durante unos diez años, hasta que se lastimó gravemente la mano con una máquina que usaba habitualmente. “Dentro de la desesperación del momento, los especialistas me aseguraban que existía una solución. Pero la cirugía que requería para reconstruir la extremidad dañada duraría unas 16 horas, y en el hospital había mucha gente que ya estaba esperando a que las atiendan. Entonces tuvieron que optar por la opción más rápida, que era amputar”, recuerda.

A partir de entonces, empezó un largo camino para encontrar una prótesis adecuada, que además pudiera costear. Su nueva realidad era muy difícil y también se complicaba su vínculo con los demás: le daba vergüenza salir a la calle porque sentía que todos lo observaban.

Pero había que salir adelante, esa fue y sigue siendo su premisa principal. Después de mucho buscar, dio con la Fundación Po a través de las redes sociales. “Ellos recién estaban arrancando. Yo necesitaba de ellos y ellos de mí”, señala.

Elias bromea que el suyo es un caso especial porque fue uno de los primeros clientes que confiaron en la propuesta de Po: “Yo mismo me defino como el ‘conejillo de Indias’ de la Fundación. Realmente nuestro trabajo en común sigue siendo muy verdadero. Los considero grandes amigos y hasta parte de mi familia”. Además agrega: “Cuando hay algún prototipo me llaman y gustoso lo pruebo”. Elías ya cuenta con tres prótesis de Po en su casa, para ir intercambiándolas.

Adaptarse a los nuevos tiempos

A partir de estas prótesis, Elías pudo volver a hacer una vida normal, aunque confiesa que al comienzo este cambio no fue nada sencillo. “Naturalmente, me costó un poco. Una prótesis nunca va a remplazar a una mano real”, explica. Sin embargo, con el paso del tiempo se fue acostumbrando a esa nueva prolongación de su cuerpo que, finalmente, ya es parte de su vida diaria. Sólo se la quita antes de bañarse e irse a dormir.

De a poco, su vida va retomando la rutina previa al accidente, cuando no era consciente de la importancia de actividades aparentemente tan básicas, fáciles y cotidianas como vestirse, cortar un alimento o atar los cordones de una zapatilla, y que después se tornaron muy complicadas. Ahora nuevamente puede manejar la moto para trasladarse hasta el trabajo y practicar unos de sus hobbies favoritos, que es tocar la guitarra. Pero más allá de eso, se atrevió a salir otra vez a la calle, mostrarse tal cual es.

“Me quité el complejo de andar por la calle y que la gente no mire. Lo siguen haciendo, por supuesto, pero yo me imagino que es porque lo ven como algo extraño, por ejemplo 'mira el hombre biónico' o 'es un cyborg'... Esta prótesis me ayudó a superar esta pérdida, y mi ánimo mejoró bastante por suerte”, dijo con una sonrisa.

Para saber más sobre la Fundación Po, mirá esta nota