En sus 25 años como voluntario de la Cruz Roja Paraguaya, Roberto Marcet fue testigo de inundaciones, casas destruidas por la fuerza de las tormentas, y epidemias de enfermedades como el dengue. Sin embargo, hoy reconoce que la situación tras la llegada del Covid-19 es completamente diferente. “Cuando hablamos de una inundación o de una sequía, hablamos de damnificados en un sector puntual, pero la pandemia es algo que afecta a todos y el impacto es mayor; hay un miedo generalizado”, reflexiona.

Para atender esta situación, la Cruz Roja Paraguaya estableció diferentes líneas de acción durante esta pandemia: la de salud, en la que se trabaja directamente con los pacientes o dando asistencia telefónica a través de la línea 154 designada por el Gobierno; la de salud mental; y la llamada “cuidador de cuidadores”, en la que voluntarios más capacitados ayudan a sus compañeros en cualquier tipo de contención.

Este último caso es el de Roberto, que está de visita en Asunción  para participar de una reunión de coordinación y tras la charla con Journey conducirá otras seis horas para regresar a Ciudad del Este, en Alto Paraná, donde se desempeña como Director de Operativa de la filial regional de la Cruz Roja Paraguaya. En ese contexto, Roberto es el encargado de asistir a los voluntarios de la Cruz Roja que están en la primera fila para ayudar en lo que se necesite. En su rostro no se vislumbra cansancio, sino entusiasmo, satisfacción y mucha energía.

En la zona que coordina, los albergues reciben a las personas que llegan al país, en su mayoría desde el Brasil. A mediados de marzo, el Gobierno dispuso el uso de sitios públicos acondicionados especialmente para que las personas que provengan del exterior realicen allí un aislamiento de 14 días. La planificación tuvo éxito: casi la mitad de los casos positivos del país están en los albergues y, así, las autoridades han logrado contener en gran parte la expansión de la enfermedad.

Todos los días, Roberto se pone el chaleco de la Cruz Roja para entrar de lleno en su otra faceta, una que lo acompaña hace casi tres décadas. “Conocí a mi esposa en el ámbito de las ONG. Tengo tres hijos mayores y una nieta de seis años. Tienen una tolerancia fabulosa en cuanto al tiempo que yo dedico al voluntariado”, reflexiona Roberto con emoción al recordar a su familia, que lo apoya en su acción solidaria.

En la sede central de la Cruz Roja Paraguaya en Asunción, Roberto Marcet analiza junto a sus compañeros los resultados de la asistencia en los albergues de Alto Paraná.

En cada uno de los nueve albergues del Alto Paraná trabajan entre 17 a 20 voluntarios de la Cruz Roja. En ese contexto, Roberto cuenta que la satisfacción más grande es poder paliar el miedo de los recién llegados del exterior, que van rotando en distintos ciclos de aislamiento una vez que el resultado del análisis del Covid-19 da negativo.  “Lo más reconfortante es ver a los voluntarios que dan su tiempo, su capacidad, y hasta sus recursos a veces: ellos realmente sienten que lo que hacen cambia la realidad de las personas. Se sienten como artífices de lo que es el equilibrio, la paz y el apoyo para estas personas”, reflexiona.

Si mira hacia atrás, hasta el arranque de la cuarentena, Roberto cuenta que dos acciones fueron las que más lo impactaron. La primera fue cuando el Gobierno decretó la emergencia sanitaria en marzo y la circulación de personas en las calles se detuvo casi por completo. Frente a ello, la Cruz Roja comenzó a coordinar ollas populares y a pesar de las donaciones de las grandes organizaciones, los vecinos encendieron su espíritu solidario y no se quedaron atrás. 

“Colaboran con un poco de sal, un poco de mandioca o galleta. Lo que más llamaba la atención era la solidaridad de esa persona que a pesar que tenía lo justo, aportaba su grano de arena. Esa actuación nos daba energías y fuerzas para seguir trabajando”, detalla. En este sentido, la Cruz Roja fue una de las instituciones que ayudó a distribuir en los albergues las bebidas donadas por Coca-Cola Paraguay para acompañar al Ministerio de Salud tras la llegada del Covid-19. 

La segunda ocasión se dio cuando en uno de los albergues se suspendió el ingreso de voluntarios por un día porque la cifra de casos positivos era alta y la Cruz Roja necesitaba hacer una reconfiguración en cuanto a elementos de bioseguridad y procedimientos de atención. Roberto recuerda que uno de los voluntarios se echó a llorar, pero no por miedo; sino por la preocupación que sentía hacia las personas que estaban dentro. 

“Muchos de los albergados dependen de la contención emocional que los voluntarios les dan en las conversaciones. La impotencia y la preocupación de no poder asistir a los albergados por unas horas hizo romper el llanto a uno de ellos y eso me impactó bastante”, confiesa. 

Ansias de ayudar

La Cruz Roja tiene registrados a 1.400 voluntarios: de ese total, unos 500 están asignados a los frentes contra el coronavirus. Arturo Ojeda, un especialista en Planificación Social, es Director Ejecutivo de la institución desde hace tres años. Antes era el encargado de seleccionar voluntarios, por lo que conoce las experiencias y motivaciones de primera mano. 

“A ellos los mueve su humanidad. Los mueve el querer ayudar, querer estar, querer darle algo al prójimo. Cuando era director de Voluntariado, siempre me decían que querían crecer y ayudar, sobre todo.  La palabra ayudar siempre está allí dando vueltas”, sostiene Arturo.