Más de 200 años atrás, en un lugar calmo del distrito guaireño de Borja, comenzó a crecer un árbol con raíces tan fuertes que sobreviviría a los sucesos históricos más importantes de los últimos dos siglos.

Hoy, el famoso kurupa'y kuru sigue creciendo en medio de un paraíso ecológico donde conviven la agricultura familiar y los árboles nativos. Hasta allí llegó Journey junto a la comitiva de A Todo Pulmón, para conocer la historia que une a este árbol con la familia Meza.

Este ejemplar -único de la especie nativa kurupa'y kuru- fue elegido como finalista del concurso “Colosos de la Tierra”, organizado por la ONG A Todo Pulmón para reivindicar el valor de estos gigantes en el medio ambiente y promover la preservación de los árboles. La iniciativa, que recorrió el Paraguay durante tres días para medir altura y diámetro de 21 árboles, contó con el apoyo de Coca-Cola de Paraguay.

La familia Meza recibe a la delegación de la expedición “A Todo Pulmón”. 

Si no fuera por la incandescencia emitida por un foco desde el interior de una de las viviendas, cualquiera pensaría que esa inmensidad natural, en medio de Borja, está deshabitada. La claridad del alba permitió descubrir al gran guardián, un bellísimo kurupa'y kuru —especie autóctona del Paraguay caracterizada por las protuberancias que pueblan su corteza—. Custodio de la propiedad, deslumbra por la irregularidad del tronco y sus ramificaciones que simulan brazos intentando estrechar al mismo cielo.

En 1970, cuando don Armín Meza adquirió el predio, el árbol ya exhibía un tamaño considerable. Su sombra fue cobijo del agricultor y su familia durante los intensos calores paraguayos, y refugio de las interminables rondas de tereré que refrescaban la previa del tradicional partidí (término coloquial empleado para referirse a un encuentro de fútbol).

Durante los partidos de fútbol, este coloso cobra un protagonismo absoluto: el árbol se erige en el medio del campo de juego. “Este es nuestro tesoro más preciado, nadie le puede tocar. Y, a pesar de estar en plena canchita, los jugadores tienen que hacer maniobras para llegar al arco. De hecho el árbol se convierte en un jugador más cuando la pelota rebota en su tallo”, asegura don Armín.

Debajo de la frondosa cresta del árbol, Prisciliano, uno de los hijos de Don Armín, recordó historias de su infancia relacionadas con este kurupa'y kuru, épocas en las que los niños jugaban al tuka’ẽ kañy (escondidas), a trepar árboles o esquivarlos cuando practicaban fútbol.

Si bien la familia Meza recibió numerosas ofertas para comercializar esta valiosa y dura madera, siempre las rechazaron; ni siquiera para ampliar la Cancha Kurupa’y, como bautizaron al campo de juego. “Un ingeniero agrónomo me dijo ‘No hay otro árbol igual en la zona’. Yo les prohibí a mis hijos tirarlo, aun después de mi muerte”, sostuvo.


 

El kurupa'y kuru en plena expansión; a su alrededor, los expedicionarios de A Todo Pulmón junto a la familia Meza.