Cada mañana, después de un suculento mate, Justina Mendoza sale a trabajar a su huerto y no deja de sorprenderse por el paisaje que se extiende a su alrededor. Es que esa tierra que hoy es húmeda, vigorosa y rebosante de materia orgánica antes era dura e improductiva. Poco podía crecer allí.

El cambio no fue magia ni un milagro. Tuvo que ver con la decisión de Justina –y la de su marido y sus hijos- de apostar por la siembra directa, una técnica de cultivo sin alteración del suelo mediante arado, que en poco tiempo transformó el paisaje gris en un campo verde donde los árboles frutales y diversas verduras crecen vigorosos.

Pero la productividad de sus tierras no es la única meta de Justina; sabe que los cultivos son una gran protección natural para incrementar la cantidad de agua que se infiltra en el suelo y evitar, por ejemplo, las inundaciones. Por eso, siente orgullo de formar parte del proyecto de conservación de agua en la Reserva de Mbaracayú, impulsado desde el 2017 por Fundación Moisés Bertoni, con el apoyo de la Fundación Coca-Cola y Fundación Avina.

“El proyecto me pareció muy interesante y por eso no dudé en participar: recibimos la asistencia de técnicos que realizan el análisis de fertilidad y también nos proveen de abono y cal agrícola”, cuenta Justina.

Un recorrido virtuoso

Justina recibe con alegría al equipo de Journey bajo el sol intenso del mediodía en su casa kuláta jovái (vivienda con galería en medio), ubicada en la colonia Arroyo Guazú de Villa Ygatimí, en el departamento de Canindeyú.

En los 500 metros que separan su casa y las plantaciones aparecen varios tesoros, como el trapiche de madera que recobra vida durante las dos cosechas anuales de caña de azúcar; un récord alcanzado gracias al sistema de conservación de agua.

Justina en el molino (trapiche) hecho de troncos de madera. 

Aún se siente el aroma a tierra mojada de la lluvia reciente. “El agua siempre trae bonanza”, afirma Justina. “Somos testigos de muchos cambios positivos en nuestras tierras; era justo lo que necesitábamos. Todos los días nos enfrentamos con la triste realidad de que muchos vecinos se mudan porque sus suelos ya no son productivos: venden todo y abandonan su hogar en busca de nuevos horizontes”, lamenta.

Luego de una caminata por un extenso tape po'i (camino angosto), el horizonte descubre un valle trazado por bosques y pastizales. En este paraíso, el maíz se poliniza a su libre albedrío y ofrenda sus pepitas de oro. Más allá, el manduvi (maní) crece bajo el cielo azul junto a los cultivos de poroto, mandioca y frutales con los que Justina alimenta a su familia y sus animales.

Justina muestra el maíz que se cosecha en su huerta. 


“Mi sueño es seguir viviendo aquí con todos mis hijos y nietos, donde están mis raíces. Ahora nos sentimos felices porque, además, estamos contribuyendo con el medio ambiente y la conservación del agua, un recurso fundamental para la vida”, concluye Justina.

El cuidado del agua es un compromiso de Coca-Cola en todo el planeta. En el año 2007 la Compañía se comprometió a abastecer para finales de 2020 cada litro de agua que utiliza en sus productos y procesos productivos a nivel global, meta que alcanzó en 2015, cinco años antes de lo previsto.

Maní, otro de los cultivos del huerto de Justina.